Carnavalescas, concurridas y cargadas de simbolismo fueron las marchas estudiantiles que dieron inicio al mes de mayo por la carrera Séptima con su correspondiente concentración en la Plaza de Bolívar de Bogotá. Marchas que llegaron a concentrar alrededor de veinte mil almas que, motivadas por diversos motivos participaron del más valioso de los derechos civiles: ¡protestar!
Y qué mejor espacio para expresar y descargar ese sentimiento de inconformidad que la plaza pública, y más en la principal plaza del país, la Plaza de Bolívar, testigo de los más importantes acontecimientos que han marcado nuestra historia desde aquellos días en que los españoles nos sometían para después someternos entre nosotros mismos.
Testigo de los más atroces hechos, cuenta entre ellos con una larga lista de acontecimientos relevantes para nuestra vapuleada república, como lo fueron el grito de independencia, cuyo florido detonante no olvidaremos; el Bogotazo, aquel 9 de abril de 1948 que entre las cuantiosas pérdidas humanas y materiales cobró como suyo el primer Palacio de Justicia, para que 37 años después algunos tuviéramos la triste oportunidad de presenciar uno de los más desgarradores episodios de nuestra historia contemporánea, la toma del Palacio de Justicia, confeccionada por el desmovilizado y hoy extinto grupo guerrillero M-19.
Centro por excelencia del acontecer urbano, no solo ha sido y es escenario de disturbios o reclamos (merecidos) contra el régimen de turno cuyos símbolos la rodean, reemplazando las antiguas edificaciones coloniales y mercado al que acudían los campesinos y lugareños para comercializar sus diversos productos. Vale la pena reconocer que en ella las expresiones culturales, como las clausuras de los iberoamericanos de teatro; y las simbólicas, como la macondiana “lluvia de mogollas”, banderín de reclamo durante el proceso 8.000 han tenido protagonismo.
Es por lo mencionado (y no mencionado) que todas las plazas son espacios extraordinarios y propicios para la conservación de nuestra memoria histórica, la defensa de nuestros derechos y de nuestra democracia que reclaman nuestra presencia, como libre ejercicio que nos reafirma como colombianos.
Cuando el pueblo marcha y protesta, es porque algo se está “cocinando” (o ya se sirvió). Cuando los estudiantes se movilizan y hacen presencia en defensa de la educación pública no solo lo hacen por ellos mismos, lo hacen también por las generaciones futuras, porque la educación no debe ser una opción, es un derecho de cuya responsabilidad el gobierno no puede hacerse el de la vista gorda.
Buena esa estudiantes. Y más, por neutralizar a los alborotadores y oportunistas, impidiendo cualquier disturbio violento que como de costumbre lo que hace es estigmatizar la figura del estudiante con cualquier cantidad de calificativos negativos. Gracias por ser un buen ejemplo de tolerancia y demostrar que para protestar no hay que destruir sino, al contrario, construir.
¡En la plaza nos vemos!