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LA CIUDAD Y LOS PERROS
Pequeña semblanza de la Perro come perro

Dolly Natalia Ardila

Perro Come perro es en apariencia, una película que cumple con los requisitos para ser considerada una representante más de este estereotipo.

Arttículo número: 00018

El hampa y el crimen parecieran ser temas recurrentes dentro de la narrativa cinematográfica nacional. La marginalidad, el narcotráfico, el sicariato y en general el bajo mundo de la calle presente en cada una de la ciudades colombianas ha sido bastante abordado ya, hasta el punto en que muchos nos resistimos a pensar que sólo esta parte de la realidad, y no otras perspectivas mucho más intimistas merezcan ser llevadas a la pantalla gigante. Perro Come perro es en apariencia, una película que cumple con los requisitos para ser considerada una representante más de este estereotipo.

La violencia urbana como tema arquetípico (escenificada esta vez en Cali), se pone en evidencia una vez más con la historia de Víctor Peñaranda, quien extrae un botín de dólares después de asesinar a uno de los esbirros de ‘el orejón’, un siniestro personaje que a través de la brujería busca vengar la muerte de William Medina, uno de sus protegidos (a manos de Eusebio Benítez). Peñaranda (encarnado por Marlon Moreno) y Benítez ‘luna negra’ (Óscar Borda) son contratados para el típico ‘torcido’. Lo que no saben uno del otro, es que deben ‘bajarse’ mutuamente.

Hasta el momento, la historia parece seguir el esquema impuesto por el linaje de Víctor Gaviria, quien a través de la marginalidad y el crimen ha logrado forjar una carrera como director, pero que también ha impuesto una suerte de cliché. La película no se queda atrás en el uso de palabras de grueso calibre.

Sin embargo, y para nuestra sorpresa, Perro come perro logra combinar este relato aparentemente convencional con elementos como la magia (por medio de una bruja del Pacífico colombiano que atormenta a Benítez y que logra una interpretación muy realista a través de Paulina Rivas, una actriz natural, desplazada de Bojayá), con interpretaciones realistas (algunas ya hechas, como la de Álvaro Rodríguez) y personajes que están casi todos bien delineados, como el de Blas Jaramillo (que caracteriza a ‘el Orejón’). Una fotografía en la que priman colores opacos y rojizos, y escenarios en los que confluyen el calor y la sordidez de algunas de las zonas deprimidas de Cali, complementan esta propuesta visual del director Carlos Moreno, que en ésta, su ópera prima, contó con recursos otorgados por el Ministerio de Cultura. Esto, sumado a una banda sonora interpretada por Malalma (con su tema Las reglas, que suena durante toda la película), la Mojarra eléctrica y Superlitio (encargada del tema principal), conforma una atmósfera inquietante y densa, un telón de fondo en el que se desarrollan las historias de Benítez y Peñaranda, quienes terminan pagando por romper las reglas de la mafia, de manera inesperada.

Quizá Perro Come perro no sea la mejor película de nuestra incipiente cinematografía nacional, pero sí es uno de los mejores logrados en materia estética y técnica. Logra introducirse en una ciudad caliente y agreste cuyos criminales sobreviven a los mordiscos como entre una jauría de perros, pero al mismo tiempo nos deja ver el ocaso de sus protagonistas quienes consumidos por la ambición y la hechicería tendrán un final a manos de los que menos se imaginan.

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