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- La Agencia Central de Noticias es la Revista Digital de la Carrera de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad Central |
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desde el 15 de agosto de 2002 - Actualización
Dinámica |
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Esto se hace aún más evidente en el caso de los gobiernos democráticos, donde la circulación abierta de la información es por sí misma una expresión inequívoca de las libertades colectivas e individuales.
La Constitución Política de Colombia refleja claramente la jerarquía de este elemento cuando afirma:
Artículo 20. - Se garantiza a toda persona la libertad de expresar y difundir su pensamiento y opiniones, la de informar y recibir información veraz e imparcial, la de fundar medios masivos de comunicación. Éstos son libres y tienen responsabilidad social. Se garantiza el derecho a la rectificación en condiciones de equidad. No habrá censura.
El sentido de esta garantía constitucional es permitir el ejercicio de una crítica abierta a los estamentos públicos en la ejecución de sus funciones, fungiendo como mecanismo de control y fundamento en la construcción de una democracia real, dentro de un marco esencialmente pluralista.
La disponibilidad de información es esencial para garantizar la participación adecuada de los ciudadanos en los procesos que integran la maquinaria democrática, pero raramente se cuestiona su objetividad y, a pesar de la innegable influencia que ejerce sobre la voluntad colectiva, mucho menos se consideran las repercusiones que puede tener la ausencia de una conciencia informativa; posiblemente éstas sean, al menos en parte, las cuestiones que motivan el presente escrito.
Medios y poder
Puede parecer un simple cliché el decir que la pluma es más poderosa que la espada, pero los hechos han demostrado en incontables ocasiones la autenticidad de esta expresión; con el correr de los tiempos y el nacimiento de nuevas tecnologías se han sumado a la pluma nuevos elementos, tales como la radio, la televisión y la Internet, que convierten a la información en un arma mucho más poderosa de lo que se hubiera podido pensar dos siglos atrás.
En la actualidad, como en el pasado, la información tiene una capacidad igualmente amplia tanto para construir como para destruir; la diferencia primordial entre el ayer y el hoy se encuentra, aparentemente, en tres aspectos:
• Invisibilidad: Los informes viajan por medio de ondas o impulsos eléctricos y su fuente de origen no es siempre determinable.
• Celeridad: La difusión de información se ha convertido en un asunto que requiere de apenas unos pocos instantes.
• Cubrimiento: Simplemente con disponer de una terminal de computador es posible alcanzar públicos diversos alrededor del mundo.
Esta perspectiva, en la que la información puede ser guardián o asesino silencioso de los más altos ideales, obliga a una cuidadosa valoración sobre los parámetros éticos que la contemporaneidad exige de aquellos que tienen a su disposición los distintos medios de comunicación.
El problema real consiste en tomar conciencia de que la verdad y la mentira transitan de un lado a otro sin distinción alguna, haciendo de su selección una labor dispendiosa pero necesaria si se quiere informar en lugar de deformar. Ésa es la tarea asignada a todo buen periodista.
Es aquí donde entran en juego conceptos tales como veracidad, imparcialidad y pertinencia de la información; por encima de los indicadores de audiencia, la primicia o la competencia. Sin embargo, en la medida en que la responsabilidad social del profesional en comunicación social y periodismo debe comenzar por él mismo y no por los medios en sí, éstas son consideraciones más adecuadas para el fuero individual.
Lo anterior no significa que el periodismo, ese oficio que apasiona a unos y enloquece a otros, sea el campo propicio para cultivar chismorreos libertinos habida cuenta de una muy publicitada libertad para informar. Contrario a lo que demuestran las acciones y actitudes de algunos muy alabados exponentes de la profesión, el periodista es un servidor público, es el individuo que se transforma en los ojos y oídos de la sociedad para estar donde otros no pueden, mostrando lo que ocurre, retratando el mundo por y para los demás; no buscando fama ni reconocimiento, porque la información es lo principal.
Sí. La información es la clave del mundo actual, quien la posee es tan poderoso como quien la genera. En otras palabras, los flujos de información se consolidan cada vez más como la mitológica espada de Damocles, un arma de dos filos que pende sobre las cabezas, o como la copa de ambrosía que Atenea ofrece a quienes han batallado con nobleza.
Responsabilidad individual
Hoy más que nunca la célebre frase de Edward G. Bulwer Lytton con la que se inició esta reflexión muestra su pertinencia: los medios de comunicación, de los que ya existen muchos más que se habría creído hace apenas 20 años, ostentan la capacidad de informar hasta niveles inverosímiles (pudiendo, por ejemplo, transmitir las imágenes de una guerra en vivo a todos los rincones del planeta) pero también ejercen el derecho que les otorgó la tecnología, aparejada al cómodo letargo de la vida moderna, para monopolizar, manipular y sesgar miradas de forma masiva.
Porque aunque los volúmenes de información que se mueven cada día superan ampliamente los que se pensaban como posibles en el pasado, cada vez más queda en el público el regusto amargo de una saturación que en su mayoría carece de sentido o trivializa lo importante en función de intereses particulares.
Más datos no siempre conducen a un mejor entendimiento de los hechos, también pueden implicar una suerte de refinada desinformación, realidades construidas a medias, para ojos despiertos a medias en un mundo que delira con el afán paranoico del poder y el control.
Cabría preguntarse si, en aras de ese poder que puede ser esgrimido con relativa simplicidad desde la posición del informador, es aceptable sacrificar el vínculo natural entre el periodista y su público, aquellas personas que de un modo u otro creen en la veracidad de lo que tiene que decir. Es tolerable acaso ver al periodismo convertido en un mecanismo de repetición para frases hechas y que responden a los esquemas que dictan quienes controlan los grandes capitales…
Habrá quienes opinen que la supuesta democratización de los medios tecnológicos, aunada a la extrema liberalización del trabajo periodístico, hizo que cualquier persona, automáticamente, pudiera informar e informarse, con la misma claridad y calidad con la que lo haría un periodista (lo cual podría funcionar en un mundo perfecto) pero la realidad es que, cada vez más, los profesionales se convierten en mercenarios al servicio del mejor postor y a los recién llegados (usando un término de Eliseo Verón al referirse a la figura del presentador televisivo) en “cabezas parlantes” que sirven como gancho de imagen para las nuevas farsas de lo informativo.
Cada vez somos más superficiales, cada vez nos sumimos más profundamente en la alucinación del reconocimiento público y perdemos el espíritu curioso del explorador. Ahora corremos el riesgo de pasar la vida entera saltando como payasos en un circo de cuatro pistas, ansiando ser vistos por los ojos envidiosos de otros mortales y olvidando las reglas más elementales de nuestra labor: decir la verdad, sin tapujos ni enredos, acerca de lo que las personas necesitan saber. Porque un periodista no debería ser otra cosa más que un contador de la realidad y como tal, tomar su lugar como escritor de la memoria histórica, como responsable por el registro fiel de los hechos.
Porque, no lo olvidemos nunca, el periodismo no es un oficio nuevo; el periodista siempre ha sido el redactor de la historia. Del poder de sus letras depende que el mundo cambie y sea cada vez mejor. Es ése, señores míos, el verdadero y más sensato poder del periodista: ser consciente de que la sintaxis de sus letras es un impulso que no lo detiene el tiempo, es una saeta que produce consecuencias.
Pero bueno, amigo lector, que ha dedicado algo de tiempo a escuchar la amargada diatriba de un amargado autor, seguramente ha pensado en alguna ocasión anterior acerca de algunos de los puntos que aquí he planteado; porque como dije antes: Si usted
no está de acuerdo con lo aquí expuesto, puede debatir
este artículo. Para hacerlo, deberá redactar un nuevo
artículo periodístico, siempre dentro del respeto y la
ética profesional. |
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