Todo comenzó a los 14 años, cuando vendía periódicos en la línea ferroviaria Grand Trunk Railroad, que hacía su trayecto desde Port Huron hasta Detroit. Las noticias eran muy apetecidas por los viajeros, teniendo en cuenta que recién había comenzado la guerra civil, así que decidió crear su propio periódico.
Con sus ahorros adquirió una prensa y tipos e imprimió el que sería el primer periódico impreso en un tren en marcha (según lo relató el London Times), al que denominó el Weekly Herald. Vendía el ejemplar a tres centavos y a ocho la suscripción.
El periódico fue un éxito. Como redactor no le iba mal. Manejaba un estilo sencillo que le agradaba a la gente y relataba chismes y situaciones del diario vivir de las personas del común.
Fue tal la acogida que nuestro práctico científico-periodista se vio obligado a mejorar su calidad: rediseñó el formato y amplió la sección de rumores y chismes de la comunidad e incluso cambió el nombre a Paul Pry (Pablo Chismoso).
No obstante, la censura y las amenazas que un buen periodista recibe en su vida, no permitieron que el legendario inventor se consagrara como hombre de letras.
Cierto día, un ciudadano ofendido por unos comentarios que Edison hizo sobre él en una de sus ediciones, lo encontró de casualidad en los muelles de Port Huron y lo arrojó al río St. Clair. Esta experiencia lo envió a renunciar al periodismo y a refugiarse definitivamente en el laboratorio que tenía acondicionado en el sótano de su casa desde años atrás.
Desde allí, Edison comenzó a realizar sus creaciones que más tarde contribuirían de manera significativa en la humanidad, particularmente en el mundo de las telecomunicaciones.
Su interés por mejorar la comunicación a distancia entre los individuos lo llevó a interesarse por el telégrafo, el cual empezó a utilizar para recibir noticias cuando aún trabajaba en su periódico.
Tiempo después, ya más experimentado en el manejo del artefacto, creó su propio negocio telegráfico, el cual fracasó debido a que la línea que instaló (del pueblo a la estación) era de una milla. La gente prefería caminar ese trayecto para dar sus mensajes antes que pagarle a Edison.
Sin embargo, su interés no se perdió allí. A la edad de 16 años logró entrar a la estación de Strafford a trabajar como telegrafista, lo que no sólo le proporcionó ingresos sino que le sirvió de laboratorio para obtener grandes conocimientos en el campo de las telecomunicaciones.
Aunque Edison no fue el inventor del telégrafo ni del teléfono, sí contribuyó para mejorarlos. Incluso se argumenta que Edison ya había desarrollado un artefacto parecido al teléfono de Alexander Graham Bell antes de que éste lo patentara.
En 1876, un mes antes que Bell, figura una patente de Edison de un dispositivo desarrollado para estudiar las ondas producidas por ciertos sonidos. Cuando se enteró del invento de Graham Bell se dio cuenta que su aparato también recibía ondas de voz humana.
Sin embargo, Alva Edison, con sencillez, siempre aceptó públicamente que la forma de transmitir la voz humana a través de un aparato transmisor y emisor fue un invento definitivamente de Alexander Graham Bell.
Pero el aporte más importante de Edison en el teléfono fue haberle adaptado un transmisor de carbón, lo que aporta en la telefonía el principio de variar la resistencia del circuito transmisor. Sin ello no se concibe la telegrafía moderna.
Hoy en día, a través de la mágica telecomunicación que nos otorga la historia, los actos de Thomas Alva Edison aún son percibidos en los artefactos que conforman nuestra forma actual de comunicarnos. Definitivamente sin sus aportes nuestra tecnología no sería tan perfecta.
De hecho, quién sabe cómo hubiera sido nuestra vida actualmente si Edison hubiera logrado desarrollar uno de sus inventos fallidos en el campo de las telecomunicaciones: un aparato para comunicarse con los muertos.